Esa distorsión de precios refuerza entre sí los desequilibrios. La sobrevaloración del colón castiga las exportaciones y abarata importaciones lo que ensancha el desequilibrio de la cuenta corriente de la balanza de pagos. La sobrevaloración también reduce la rentabilidad de la tierra y acentúa las dificultades del agro. Bajas tasas reales de interés pasivas desincentivan el ahorro nacional intermediable, restando así eficiencia a la utilización del ahorro disponible. La gente prefiere invertir en activos reales y en artículos de consumo durable como forma de proteger sus ahorros contra la inflación, lo que eleva aún más el precio de la tierra y aumenta las importaciones, respectivamente. Otra vez la rentabilidad del agro y la cuenta corriente de la balanza de pagos sufren las consecuencias. El elevado precio de la tierra dificulta la producción e impide a los agricultores reales adquirirla. Buena parte de la tierra se ha convertido en un activo de especulación y no de producción o de vivienda y ha pasado a manos de extranjeros. Además de consecuencias socio estructurales negativas, esto atenta contra el autoabastecimiento alimentario y agudiza el desbalance comercial .
La causa principal de esas distorsiones es la libertad total a la entrada y salida capitales (¡pareciera que aunque se trate del lavado de dólares!), pues el mercado internacional define esos importantes precios en nuestro territorio. El mundo ha estado inundado de liquidez, debido, por una parte, al reciclaje de los superávits comerciales de China y de los países petroleros y, por la otra, a la escasa demanda de crédito en la economías mas grandes, originada en la crisis financiera de Estados Unidos y la consecuente recesión económica. En esas circunstancias de oferta y demanda de recursos financieros las tasas de interés internacionales están muy cerca de cero. Como no tenemos controles a las entradas de capital y nuestro mercado es diminuto, esa situación de abundancia internacional de dólares y liquidez termina equilibrando el precio del dólar y las tasas de interés pasivas dentro de Costa Rica a niveles tan bajos que pareciera que nos sobraran los dólares y los ahorros. Además, parte de esos recursos internacionales se dedican directamente a comprar tierras en Costa Rica.
Colón fuerte. Sería objeto de celebración si un colón fuerte se originara en un superávit en la cuenta corriente, si las bajas tasas de interés pasivas reflejaran un exceso de ahorro público (superávit fiscal) y privado y si el elevado precio de la tierra, fuese causado por una elevada competitividad del agro. Pero la situación real es exactamente la contraria, tal y como lo expusimos al inicio. (En relación con las tasas de interés, cabe anotar que, aunque las pasivas sean bajas, el abismal margen de intermediación genera tasas activas reales excesivamente elevadas. La supuesta competencia privada-pública no ha resultado en márgenes bajos sino en rentables prácticas oligopólicas. Así, la vinculación al mercado internacional de capitales no se traduce necesariamente en tasas activas bajas).
Por lo anterior, una vez más, reiteramos la urgencia de que se pongan controles significativos a los movimientos de capital. Es absurdo que sacrifiquemos el presente y el futuro de la economía nacional ante un dogma cuya implementación, de acuerdo con el mismo FMI, requiere de ciertas condiciones (bajo déficit fiscal y en la cuenta corriente) que Costa Rica no cumple. Pero si el respeto a la libertad de la oferta y la demanda en el mercado internacional de capitales privados fuese un imperativo, existe un mecanismo que también he sugerido reiteradamente para que los precios de esas variables estratégicas reflejen nuestras realidades internas. Me refiero al endeudamiento público: el Gobierno podría contrarrestar en parte las entradas de capital privado cancelando deuda externa prepagable y llenando las nuevas necesidades de crédito en el mercado interno. Los recursos están a la vista. Existen más de $2800 millones en fondos de pensiones (recursos de largo plazo) a que el Estado podría recurrir para financiar sus inversiones. Utilizándolos se amortiguaría la sobreoferta de dólares de la cuenta de capitales, lo que dotaría al colón de un valor mas acorde con nuestro desequilibrio comercial y con la requerida competitividad de nuestras exportaciones, se reduciría el endeudamiento público externo y se ampliarían las oportunidades de colocación (con garantía soberana) de los fondos de pensiones.
Lo ideal sería combinar ambas medidas: control de la cuenta de capitales a la par de colonización de la deuda externa. Ello permitiría desvincular del mercado internacional a las tasas de interés, estimular el ahorro financiero y la intermediación, reducir la adquisición de bienes reales como mecanismo para proteger el ahorro y reducir el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Lo cierto es que los mercados financieros y de capitales fallan y dejados a la libre se autodestruyen y destruyen la economía. Por ello se inventaron las regulaciones, los encajes y los controles cuantitativos.
La situación es difícil. No reposemos en las valoraciones de las agencias internacionales de calificación. Ellas, que fueron incapaces de anticipar la peor crisis financiera en 75 años gestada en sus narices, jamás percibirán nuestros verdaderos desbalances estructurales internos leyendo, desde Nueva York, reportes de los mismos protagonistas de nuestra política económica. Mientras tanto, los organismos financieros internacionales, consejeros influyentes en el diseño de esa política, acompañan –naturalmente– a nuestras autoridades en la negación constante, urgiendo, cuando ni se ha empezado a ejecutar el de $800 millones, otro préstamo, ahora por $2000 millones.
Las medidas aquí sugeridas desafían fuertes intereses, empezando por los de algunos banqueros que pueden hacer fiesta en nuestro pequeño mercado y tienen una enorme (y probada) influencia en las autoridades del Banco Central. Pero el principal obstáculo son los políticos responsables de los desequilibrios. La mejor forma de ocultar por un tiempo más las carencias de sus políticas de competitividad y la seria situación fiscal a que han llevado al país es mantener el tipo de cambio tan sobrevalorado y las tasas de interés pasivas tan bajas que pareciera que disfrutamos de estorbosos superávits en el comercio exterior y en las finanzas públicas.
Es hora de que Costa Rica escoja entre el respeto supremo al laissez-faire en los movimientos internacionales de capital y una mínima sensatez ante los serios desequilibrios de la economía.
http://www.nacion.com/2011-03-19/Opinion/Foro/Opinion2719553.aspx

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