Necesitamos visión y gestión

El primer año de la administración de Laura Chinchilla se resume en la continuación de los errores de su antecesor. Detrás de las vacías inauguraciones, se esconden la incapacidad y la falta de creatividad para enrumbar el país hacia un mejor futuro.

En años recientes hemos tenido debates muy divisorios sobre el rol del Estado y la empresa privada para proveer servicios. A la tica, evolucionamos hacia un modelo mixto, manteniendo el centro que ha caracterizado al país. Este modelo requiere un Estado fuerte con gente capaz al mando. Desgraciadamente, no estamos viendo esto. Quienes hoy administran el Estado carecen del compromiso con los objetivos de las instituciones y de conceptos básicos de nuestra democracia: la solidaridad, el diálogo, la negociación y la puesta de acuerdo.

Modelos inoperantes. La Caja es un ejemplo de lo que sucede con nuestras instituciones. Con presidentes ejecutivos que no están a la altura, ni entienden el rol del seguro social para el éxito del país, reina la inoperancia. En la administración anterior se aumentó la planilla en 10.000 personas, sin aumentar la producción hospitalaria ni reducir las listas de espera, mientras se duplicó el gasto en horas extras.

No hay planificación para lidiar con la nueva demográfica de nuestra población, se alcahuetean los conflictos de interés y se subcontratan servicios que benefician la salud privada. Un gran número de médicos incumplen su horario de trabajo y canalizan el tratamiento de los pacientes donde les genere mayor beneficio económico. El Estado es el mayor deudor, por lo que es blandengue en el cobro de los morosos. Todo esto ocurre a vista de la presidenta ejecutiva y de la presidenta de la República.

A pesar del desastre en la manera de concesionar obras, se insiste en hacerlo de la misma forma: con nombre y apellido y en monopolio privado. Dar en monopolio el movimiento de contenedores del puerto que maneja más del 80% del comercio internacional del país a la empresa APM, es desconocer la historia vivida con la Northern Railway Company.

El Gobierno impone, cuando ni el sector productivo, ni los trabajadores, ni la población quieren tal cosa. ¿Por qué insistir en algo que solamente quiere una inconfesable argolla?

Se impulsa una reforma tributaria sin explicarnos cosas básicas: ¿En qué condiciones dejó el país la administración Arias? ¿En qué se van a usar los tributos que se pretenden cobrar? ¿Está incluido ponerse al día con la Caja en este uso de fondos? ¿Cuáles son los mecanismos concretos para mejorar la recaudación actual?

Falta de visión. Los ejemplos anteriores tienen algo en común: falta de visión y pésima gestión. Se habla de ingobernabilidad y con un discurso infantil, se reparten culpas a diestro y siniestro, pretendiendo ocultar a los ojos de la ciudadanía, que aceptaron puestos que les quedaron grandes. Cuando no se sabe lo que se quiere, cualquier cosa es "inaugurable".

Estamos a las puertas de la destrucción total del sistema costarricense de convivencia pacífica, en aras de una economía de comodidad circunstancial de cortísimo plazo. Todos sabemos lo que pasa con los que juegan con fuego.

El país necesita convicción en un rumbo claro. Hasta hace cinco años, nuestra nación negoció de manera permanente. Se dieron acuerdos duraderos en beneficio de la ciudadanía, con la claridad de saber que Costa Rica es un concepto construido sobre las bases del bien común, entre personas que entendieron que la paz social es el mayor activo de nuestra república. Esto primó por encima de cualquier consideración politiquera o de imagen. La diferencia la hacen las personas, no los puestos jerárquicos en abstracto ni las leyes. Un ejemplo de que sí se pueden hacer cosas es el Incofer, cerrado por Figueres Olsen y reabierto por don Abel Pacheco. Gracias a la gestión de su presidente ejecutivo, nombrado desde entonces, recuperamos un servicio que ahorra al país millones de dólares en combustibles. Costa Rica probablemente nunca sea una superpotencia económica mundial. Sin embargo, sí aspiramos a ser una superpotencia en capital humano, con ciudadanos sobresalientes y capaces en múltiples dimensiones. Más allá de ser un país, Costa Rica debe ser un ideal en el mundo.

Es hora de quitarse el miedo, dialogar y negociar sobre las difíciles decisiones que nos esperan.

El país no está para ser conducido por quienes no tienen la capacidad de hacerlo, a no ser que el objetivo real sea entregar nuestra nación al mejor postor.

Publicado en La Nación

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